El secuestro de la amígdala

¿Has perdido alguna vez el control en una discusión? ¿Te has quedado callado frente a una situación en la que debías haber respondido? ¿Te has puesto a comer chocolate de forma compulsiva en plena dieta? ¿Has comprado alguna vez algo por impulso? Si es así, este artículo te interesa y mucho. Voy a intentar darte una explicación desde el campo de la antropología que te ayudará a entender un poco mejor el proceso mental que acompaña a estas reacciones y, en consecuencia, quizás te permita tomar consciencia de lo que realmente sucede en tu interior.

 

Las emociones son información del resultado de nuestros pensamientos, conductas, creencias, valores, etc. Si desconocemos la información que nos dan las emociones, es como si desconociéramos las señales de tráfico de la carretera cuando estamos conduciendo.

 

La antropología biológica ha arrojado luz en el conocimiento de la evolución del cerebro humano que se ha configurado a través de tres fases evolutivas: un cerebro reptiliano, un cerebro límbico y un cerebro racional.

 

El cerebro reptiliano se encarga de nuestra supervivencia y está en alerta permanente, analizando el medio que nos rodea para protegernos. Frente a una situación de peligro, la amígdala, nos manda una señal para que luchemos o huyamos. La amígdala, por ejemplo, se encarga de que nuestro corazón lata más rápido y de producir adrenalina. Seguro que conoces esa sensación de nervios en el estómago. La segunda fase evolutiva, nos dejó el cerebro emocional o límbico, que nos permite distinguir emociones más complejas como el desagrado, el amor, la tristeza, etc. Esta parte contribuye a regular nuestra relación con otras personas. Por último, el neocórtex, también conocido como cerebro racional, que nos da consciencia de qué cosas pensamos, que emociones sentimos y de cómo actuamos.

 

Una vez que hemos simplificado el puzle del cerebro, vamos a intentar entender qué pasa con algunas piezas. Cuando la amígdala lanza una señal, además de ponernos en alerta, desconecta al cerebro racional y al límbico. O sea, entramos en clave de supervivencia total. La razón no opera porque está desenchufada. A esto se le llama el secuestro de la amígdala.

 

Sin embargo, la clave está en que la amígdala no solo actúa cuando estamos frente a una situación extrema, sino que nuestras vivencias condicionan qué respuesta damos frente a un acontecimiento actual. Es decir, nuestra amígdala reacciona si tenemos clasificado un suceso como alerta, aunque no sea realmente un caso de supervivencia. Eso sí, deja actuar al cerebro límbico, pero desenchufa el cerebro racional. 

 

Cuando gritamos o damos un portazo, cuando huimos, cuando nos alteramos, cuando nos hierve la sangre, cuando no controlamos nuestros impulsos, cuando perdemos los papeles probablemente la amígdala esté secuestrando nuestro cerebro. Es posible que estemos confundiendo una amenaza real con una interpretación de algo que nos ha sucedido en el pasado. Por consiguiente, si somos capaces de descubrir cuándo somos víctimas del secuestro de la amígdala, podremos intervenir para evitar la reacción no deseada.

 

Por ejemplo, ¿cómo abordamos el conflicto? ¿Qué reacciones tenemos? Damos voces o nos comportamos de forma natural, charlando. Lo normal es que te influya la forma en que los vivías en la infancia. Así, tratarás los conflictos de manera asertiva utilizando el cerebro racional; huirás, inhibiéndote y cerrando la comunicación; o pelearás, criticando y poniéndote a la defensiva.

 

El primer paso para ser más feliz es conocerte a ti mismo. Simplemente, piensa si reaccionas y luego piensas, o si actúas tras reflexionar. Pregúntate si tu cerebro reptiliano aflora frecuentemente o no. Verás como el mero hecho de pensarlo ya ejerce un efecto protector frente a futuros secuestros de la amígdala.