ANÓNIMOS

En la plaza de mi pequeño pueblo, cuyo nombre es impronunciable para los visitantes, hay un personaje muy particular que duerme en los bancos o en los resguardos de los cajeros de algunas entidades bancarias. Tiene la costumbre de hablar solo en voz alta. El discurso es una perorata continua, increpando a turistas y habitantes del pueblo que generalmente se alejan de él por una mezcla de sentimientos que combinan el miedo con el asco y una pizca de desconfianza. Su aspecto es de un juglar contemporáneo, ataviado con ropajes de lo más variopinto que altera con complementos muy dispares: desde una bandera de Palestina, a un transistor de los ochenta, un carrito de la compra u otros elementos que decoran la parafernalia en una performance efímera que sorprende cada día.

 

En ocasiones, especialmente temprano por la mañana, aparece un segundo personaje con una barriga enorme, una barba de leñador rudo, una camiseta ajustada que suele estar manchada con líquido rojizo de un cartón de “tetrabrí”. Grita de forma ruda consignas políticas y se queja continuamente de las ineficiencias y de las corrupciones del sistema. La esfera que genera de seguridad a su alrededor es considerable, pues autóctonos y forasteros prefieren evitar, a toda costa su presencia. Me imagino una visión desde arriba con turistas en hilera esquivando un obstáculo como un pelotón de ciclistas que se colocan en fila.

 

En las escaleras que bajan al garaje de un espacio que los visitantes llaman “el mirador”, desde bien temprano, una joven delgada, se clava en el suelo, ligeramente sentada sobre sus rodillas, con un cartón que invita a cumplir con uno de los cinco preceptos del Corán, dar limosna. Su mirada es inteligente, despierta y analítica. Suele variar su posición en función de las condiciones meteorológicas, poniéndose cubierto bajo las escaleras mecánicas cuando los días son desapacibles o permaneciendo al sol o la sombra dependiendo de la temperatura. A veces, estira su mano para solicitar alguna moneda, de la cual se separan los viandantes. A pesar de rebosar juventud, hay algo en su mirada de alma antigua y de dolor. También me la encuentro volviendo a casa con una bolsa llena de alimentos y un rostro de serenidad, caminando tranquilamente con sus pensamientos tras su agotadora jornada de supervivencia.

 

Al final del miradero, en una terraza de un local agradable y sofisticado, me topo cada mañana con un señor que vigila, limpia y recoge el espacio. Curiosamente, cuando está él, siento una bocanada de alegría, porque solemos intercambiar unas palabras. Me imagino también que sintonizo por su esmero y determinación al cuidar todo el espacio, con especial atención a las escaleras que bajan hacia el puente de Alcántara, cuyos charcos de orines baldea con cubos de agua y lejía, haciendo el lugar transitable y contribuyendo a un pueblo más agradable. Sin embargo, hoy le he notado triste, con un gesto de malestar profundo. Su madre ha muerto por un cúmulo de circunstancias desafortunadas. Inmediatamente, me he puesto frente al espejo de la tristeza, esa emoción universal que en mi pueblo nos empeñamos en enmascarar por nuestro analfabetismo emocional. Le he acompañado con mi presencia y le he mostrado mis condolencias, absorbiendo una parte de su frustración, su rabia y su desasosiego.

 

Necesitamos vivir el dolor y sentir la tristeza como parte de nuestra vida, para no generar cuerpos-dolor con sufrimientos ocultos bajo escudos que tarde o temprano se convertirán en algo físico somatizado. ¿Por qué el dolor se identifica con algo malo? ¿Por qué la tristeza no se expresa con naturalidad? ¿Por qué no contemplamos la necesidad del otro en vez de enjuiciarlo? 

 

Decía Epícteto que no nos afecta sobre lo que nos sucede sino lo que nos decimos sobre lo que nos sucede. Como coach solo puedo dar un consejo: no des consejos. Guárdate tus ideas sobre cómo es el otro y escucha sus necesidades, aunque no intercambies una sola palabra. Abraza el cambio de pararte a escuchar la necesidad del otro bajo la apariencia de ser seres anónimos y luego sigue tu camino, porque habrás iniciado una revolución interior.

 

 Pedro Pablo Salvador Hernández · Callejón de Menores, 6 · 45001 · Toledo · 648180259 · ppsalvador@me.com